El viaje de ida había transcurrido entre una noche de ronquidos y un día de cansancio y agotamiento.
A medida que íbamos llegando, el paisaje se iba haciendo más terso y dispar al de aquí.
Nadie sabía lo que nos esperaba al llegar a aquel lugar tan lejano, casi remoto para nosotros, nadie de nosotros sabía lo que, al bajar de aquel autobús, nos iba a esperar. Pero, finalmente, con muchos nervios sobre nuestro correspondiente, nos los asignaron sin problemas. Mi colega parecía majo, tres años menos que yo, pero no pasaba nada.
Ese primer día no dio para mucho más que para cenar y jugar a la play la verdad, pero eso si, me fui a dormir con una agradable sensación en cuanto a la hospitalidad y a la cortesía de la familia se refiere.



Durante la semana, visitamos muchos pueblos como el de Obernai, un pueblo típico de Estrasburgo situado al pie del Monte Sainte-Odile. En el Monte Sainte-Odile, visitamos el muro pagano, un muro creado para evitar invasiones construido en el s.XX a.C.
El tercer día en Francia, para mi fue el mejor porque fuimos a Estrasburgo y allí visitamos el Parlamento Europeo y vimos como se trabaja y administra Europa desde aquel lugar. Esa tarde, visitamos la ciudad y su típico mercado de Navidad.
El cuarto día, fuimos al centro de concentación de Struthof, en el que vimos su historia y organización.
La perfecta complicidad entre los chavales franceses y nosotros, hizo que esos cinco días en Francia, esas ciento veinte horas, se pasaran como media, y eso, fue buenísimo.
Llegamos al sábado sin darnos cuenta. La hora de partir y de dejar aquel pequeño y singular paraje había llegado, y nos despedimos entre llantos, abrazos y alguna que otra lágrima.